LA PRUEBA DE FUEGO | Los tres hebreos

Para los tres hebreos, adorar a la imagen impuesta por el rey es una falsificación flagrante de la adoración en el Templo de Jerusalén, que vivieron en sus primeros años. Aunque tienen cargos en el Imperio y son leales al rey, su lealtad a Dios establece un límite a su lealtad humana. Ciertamente están dispuestos a continuar sirviendo al rey como administradores fieles; sin embargo, no pueden unirse a la ceremonia.

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Todos siguen las instrucciones promulgadas por el rey y, al oír los instrumentos musicales, se inclinan y adoran la imagen de oro. Solo tres, Sadrac, Mesac y Abed-Nego, se atreven a desobedecer al rey. Inmediatamente, algunos babilonios ponen al rey en conocimiento. Los acusadores intentan enfurecer al rey diciendo: (1) fue el mismo rey quien puso a estos tres jóvenes sobre la provincia de Babilonia; (2) los judíos no sirven a los dioses del rey; y (3) no adoran la imagen de oro que el rey ha erigido (Dan. 3:12). Pero, a pesar de enfurecerse contra ellos, el rey ofrece una segunda oportunidad a los tres hombres. El rey está dispuesto a repetir todo el procedimiento para que estos hombres puedan retractarse de su posición y adorar a la imagen. Si se niegan, serán arrojados al horno de fuego.

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Y Nabucodonosor cierra su apelación con una afirmación sumamente arrogante: “¿Y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” (Dan. 3:15). Dotados de valor sobrenatural, responden al rey: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (Dan. 3:17, 18). 


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