DIGNO ES EL CORDERO
“No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos” (Apoc. 5:5).
La semana pasada vimos los mensajes de Cristo para su pueblo en la Tierra. Ahora la visión de Juan cambia de la Tierra al cielo y se enfoca en “las cosas que sucederán después de estas” (Apoc. 4:1): el futuro.
La visión de los capítulos 4 y 5 tiene lugar en la sala del Trono celestial. La escena de los capítulos 4 y 5 representa simbólicamente el control de Dios sobre la historia y su plan de salvación. Sin embargo, antes de que se revele el futuro, se nos muestra la centralidad del ministerio sumosacerdotal de Cristo en su ministerio celestial, y su soberanía en los asuntos terrenales y en la redención de la raza humana. De este modo, los capítulos 4 y 5 brindan una perspectiva celestial sobre el significado de los acontecimientos futuros registrados en el resto del libro.
Además se puede observar que, si bien los mensajes a las siete iglesias fueron escritos en un lenguaje bastante directo, a partir de ahora el libro emplea un lenguaje aún más simbólico, que no siempre es fácil de interpretar. Este lenguaje procede de la historia del pueblo de Dios, según se registra en el Antiguo Testamento. Una interpretación correcta de Apocalipsis requiere una comprensión adecuada de su lenguaje simbólico a la luz del Antiguo Testamento.
Lee “A mi Padre y a vuestro Padre”, en El Deseado de todas las gentes, pp. 769-775; “El don del Espíritu”, en Los hechos de los apóstoles, pp. 39-46.
El mensaje de Apocalipsis 4 y 5 es especialmente importante para el pueblo de Dios que vive al final de la historia de la Tierra. La venida del Espíritu Santo en Pentecostés marcó el comienzo de la predicación del evangelio a todo el mundo; el mensaje central era acerca de Jesús, quien había sido exaltado como Sacerdote y Rey a la diestra del Padre. Esta verdad acerca de Jesús era la esencia de la creencia cristiana primitiva (Heb. 8:1) y la piedra angular de su predicación (Hech. 2:32, 33; 5:30, 31). También era su motivación y la fuente de su fe y su coraje ante la persecución y las situaciones difíciles de la vida (Hech. 7:55, 56; Rom. 8:34). Como resultado, muchos respondieron a su predicación. A partir de entonces, el Reino de Dios se ha estado manifestando a través del ministerio del Espíritu Santo.
Nunca debemos olvidar que solo las buenas nuevas de la salvación en Cristo pueden alcanzar y transformar el corazón humano y llevar a la humanidad a responder al llamado del evangelio eterno de temer a Dios, darle gloria y adorarlo (Apoc. 14:7). La única esperanza está en nuestro Salvador, quien es nuestro Sacerdote y Rey en el Santuario celestial. Él está con su pueblo y siempre estará con él hasta el final (Mat. 28:20). Él tiene el futuro en sus manos.
Por lo tanto, nunca olvidemos que tener presente la esencia del evangelio traerá pleno éxito al predicar el mensaje final a la humanidad perdida y afligida. Ninguna otra cosa que prediquemos es más importante que la Cruz y lo que nos enseña acerca de Dios.
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